miércoles, 13 de mayo de 2009

DISFRUTANDO DE LA VIDA

Me gustan esos relatos que nacen fruto de un mero vistazo a la rutina diaria. Me gustan porque están llenos de humanidad; porque las cosas son como son, más una pizca de cómo lo ve cada uno, que es lo que le da sabor. Por eso, mientras el día a día ahoga a unos y a otros los cuelga de un eterno bostezo, los más afortunados lo viven como una continua aventura llena de sorpresas.
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RELÁMPAGOS

Los viajeros del autobús urbano iban en un silencio oscuro, triste, casi como el nublado que se adensaba en el exterior. Delante del viejo, un niño pequeño se mecía en su cochecito. El viejo le miró desde su asiento sin moverse. Le guiñó un ojo. El niño alzó su cabecita y lo observó atento. El viejo guiñó el otro ojo. El niño se incorporó y lo miró sin pestañear. Volvió el viejo a marcarle un tercer guiño y el chico le imitó pinzando su ojito izquierdo. No pudo el viejo contener la sonrisa, que el niño le pagó al instante con otra sonrisa abierta. Las sonrisas del viejo y el niño fueron un cruce de relámpagos que rasgaron e iluminaron el silencio del autobús.

Jesús Mauleón

martes, 3 de febrero de 2009

SINTONÍA

He de reconocer que, cuando vi por primera vez este corto, me volví a reconciliar con el ser humano. Desde entonces son ya muchas las veces que lo he visto y siempre acompañado, disfrutando doblemente al observar el éxito que tenía.
La gracia de los cortos es que en un pequeño espacio de tiempo, deben presentarnos a los personajes, y la historia debe ser lo suficientemente interesante como para poder sentirnos identificados con ellos. En el caso de Sintonía, del realizador español José María Goenaga, el lugar elegido, los personajes y la música de Tracy Chapman crean el ambiente perfecto para una breve historia romántica que impacta por su simplicidad y belleza en el relato, la cual nos recuerda que un día ordinario puede transformarse en cualquier minuto en un día extraordinario.

domingo, 11 de enero de 2009

DE UN COLEGA PREMIADO

Después de un tiempo largo de sequía, volvemos a la carga con un relato que ha sido premiado "por su originalidad y talento". Su lectura es amena e invita a sentirse el protagonista de la misma, porque... sí, todos hemos sido un poco como Pablo.

LA PRIMERA VEZ

Era la primera vez que a Pablo le confiaban una tarea con tanto peligro. Llevaba varias semanas intuyendo que llegaría ese momento y, por eso, se había estado preparando concienzudamente durante ese tiempo. Todo lo tenía previsto. El armamento se encontraba en perfecto estado de revista. Sabía que sus enemigos estarían ahí fuera, que corría el peligro de sufrir una emboscada, pero el plan estaba perfectamente diseñado. Esa noche había repasado punto por punto los movimientos a seguir, cómo reaccionar a cada peligro que se avecinara, cómo sortear a sus enemigos. Era la primera vez que saldría solo y su misión iba a consistir en comprar dos barras de pan.
Desde el portal oteó sin miedo el campo de batalla. En su bolsillo izquierdo una moneda de dos euros; su bolsillo derecho, sin embargo, vacío. Su madre no le había dejado salir armado ni con su tirachinas ni con ninguno de sus cachivaches. Estaba sólo, pero concentrado en cumplir su misión y regresar con la mercancía. Había llegado la ocasión de demostrar que había nacido para cosas grandes.
Después de mirar el cielo y observar atentamente lo movimientos de las pocas personas que en ese momento circulaban por la calle, decidió ponerse en camino. Sus pasos le llevaban en seguida a doblar la esquina, así que con precaución se acercó y se pegó a la pared. Más de una vez lo había visto en la tele y él no iba a ser menos. Asomó su naricilla. El Coso estaba seguro repleto de espías. Se caló la gorra. Tenía que pasar desapercibido y ya se estaba acercando. Estarían esperando a que cruzara por allí. Dudó por un instante qué tenía que hacer ahora. Ése era el cuartel enemigo. En ese bar se escondían ellos y no podía dejarse coger. Paró entonces en la entrada de una casa para decidir su estrategia. El del quiosco parecía estar distraído. Al menos eso parecía. ¿Estaría fingiendo? ¡La poli! Es el momento. No se atreverán a salir y si lo hacen… En décimas de segundo pasó corriendo frente al bar del Cicatriz. Parecía que el peligro había pasado.
Un hombre sentado en una silla de fieltro tocaba su guitarra. La gorra en el suelo, unas pocas monedas y las notas resonando en los Porches. Con éste no había contado. Las gafas de sol nunca le inspiraron confianza. Tengo que cruzar antes de que se dé cuenta. El chirrido de un coche alertó al guitarrista. Paralizado delante del coche, miró hacia atrás cruzando la mirada con el del quiosco. Me han visto. Corre, corre. ¡Chaval, mira el semáforo antes de cruzar! No había tiempo que perder. Habían doblado la vigilancia. Alguien les había alertado. ¿Pero quién podía saber que precisamente esa mañana saldría a cumplir esa misión? ¡La vecina cotorra! Ella es la soplona. Mamá se lo dijo ayer antes de cenar. ¡Traidora! Tengo que volver cuanto antes para avisar a la mamá. Rápido, vamos.
Confiado en sus veloces zapatillas –no había otras entre los de su clase que corrieran tanto como las suyas-, llegó a la plaza Navarra. Estoy al descubierto. Si el espía de la guitarra no hubiese estado… Las palomas, asustadas a su paso, salieron volando. ¡Pablo, Pablo! ¿A dónde vas tan corriendo? Jo, la madre de la pesada de Cris. Ni caso, haz como si no la oyeras. ¡¿Pablo?! Venga, que ya falta poco. En cuanto llegue al final de la calle Zaragoza estaré a salvo. Ay, perdón. A ver si miras por dónde vas, enano. ¿Enano? Si de verdad supiera de lo que soy capaz… Y, dirigiéndole una última mirada de Clint Eastwood, se metió dentro de la panadería. Con un rápido movimiento comprobó que la moneda seguía en su bolsillo. Dime, ¿qué deseas? Eh, sí, dos barras de pan, por favor. Y le alargó la moneda. ¿Te doy una bolsica? Vale. Toma las vueltas, majo. Gracias. Adiós. Adiós, adiós.
Bien. Y ahora…, ¿qué camino cojo…? Seguro que esperan que cambie de camino. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su boca. Se van a equivocar. Y, si siguen ahí, a mí desde luego ya no me podrán sorprender. Sé perfectamente dónde está cada uno de ellos. Soltó la puerta y siguió con la vista a un hombre que se iba acercando con parsimonia. Detrás de este señor gordo no me verán... ¡Ahora! Y comenzó a andar detrás de él. Desde lejos intentó buscar con la mirada al de la guitarra. No se le ve. Hay demasiada gente. Un coche de la policía llegaba lentamente por detrás. Al poco el coche se puso a la par. Un ligero golpe de cabeza del chaval quiso indicarles un qué tal va todo colegas, pero no quiso significarse demasiado. Sí, eran de los suyos, aunque con una pequeña diferencia: él trabajaba solo e iba de incógnito. El copiloto le correspondió con un movimiento de su mano derecha, esbozando una sonrisa de complicidad.
Unos pasos más allá le llevaron de nuevo a la plaza Navarra. Sí. El de la guitarra había desaparecido. Lo sabía, les he dado el esquinazo. Ahora estará buscándome por otra calle, el tonto de él. Si soy rápido y paso por detrás del quiosco, sólo me quedará pasar por el bar. Dicho y hecho. Jugando con las columnas de los Porches, se fue escondiendo de la amenazante mirada del quiosquero. La gente pasaba a su lado rumiando sus pequeños problemas, indiferentes a los peligros que esconde la ciudad. Si supieran… Una vez burlado, echó un vistazo a derecha e izquierda y cruzó corriendo el Coso para emprender al trote la subida de Duquesa Villahermosa, con una risa nerviosa. Dando este rodeo, los del bar no me verán. Esta sí que ha sido una buena jugada. Y volvió a reírse entre dientes. Ya sólo quedaba bajar su calle y… misión cumplida. Con paso firme entró en el portal y, de dos en dos escalones, subió hasta su rellano. El corazón le latía fuertemente. Lo había logrado. Después de llamar a casa y oír los pasos de su madre ya próximos a la puerta, se inventó un rápido giro a la derecha para pulsar el timbre de la cotorra. Toma ésa. Y, como vuelvas a dar un chivatazo, te vas a enterar. Cotorra, chivota. Su madre abrió. Ah, ya estás aquí. Has tardado un pelín, ¿no? Bueno… sí. Un gesto de indiferente protagonismo se asomó a su rostro. No te preocupes, mamá. La próxima vez seré más rápido. Lo has hecho muy bien, cariño. Anda, pasa. Y, por cierto, no te fíes un pelo de la vecina. ¿Qué? Venga, va, ponte a hacer los deberes, que luego nos vamos a ir a ver a la yaya. Jo, ¿y no los puedo hacer mañana? No. Ahora. A sus órdenes, mi general. Este chico…

Carlos Bibián Lamarca
Premiado en el Concurso de Relatos Cortos "Ciudad de Huesca" 2008

sábado, 6 de septiembre de 2008

HAPPY END

Íñigo Pírfano vuelve a buscar de nuevo la complicidad con el lector. Cómo le gusta andar siempre en la frontera entre el chiste y la realidad. Ya alguien lo dijo: "la vida es demasiado seria como para tomársela demasiado en serio". Algunas veces pienso que éste es el lema vital de Íñigo.


"... sentí que estabas en peligro y corrí a buscarte. Cuando llegué, la serpiente ya estaba muy cerca de ti. Afortunadamente le alcancé de lleno en la cabeza. Dime, Eva, cariño: ¿quieres que te haga un bolso con su piel?"

Íñigo Pírfano

lunes, 1 de septiembre de 2008

LEYENDA DE LOS SENTIMIENTOS

Hace años alguien me leyó este cuento y, sinceramente, me encantó. No sé si el autor, a quien desconozco, está al tanto de las múltiples versiones que funcionan por ahí. Incluso yo me he permitido corregir un pelín la que a mí me ha llegado. Aun no siendo fiel al original, hay que reconocer que destila verdadera frescura.

Cuenta la leyenda que una vez se reunieron en un lejano lugar de la Tierra veintinueve sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura les propuso: ¿jugamos al escondite? La Intriga levantó la ceja intrigada, y la Curiosidad sin poder contenerse preguntó: ¿cómo se juega? Es un juego, explicó la Locura, en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras vosotros os escondéis y, cuando yo haya terminado de contar, tengo que encontraros a todos y cada uno. El Entusiasmo bailó ilusionado secundado por la Euforia. La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e incluso a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse ¿para qué?, si al final siempre la hallaban... La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (le molestaba que la idea no hubiera sido suya), y la Cobardía prefirió no arriesgarse.
Uno, dos, tres... comenzó a contar la Locura.
La primera en esconderse fue la Pereza que, como siempre, se escondió en la primera piedra que encontró. La Fe subió al cielo, y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, quien con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse; cada lugar que hallaba le parecía mejor para cualquiera de sus amigos: ¿un lago cristalino? Ideal para la Belleza, ¿la rendija de un árbol? Perfecto para la Timidez, ¿el vuelo de una mariposa? Lo mejor para la Voluptuosidad, ¿una ráfaga de viento? Magnífico para la Libertad, así que terminó por ocultarse en un rayito de sol. El Egoísmo, en cambio, encontró un lugar muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo,... eso sí sólo para él. La Mentira dijo esconderse en el fondo del océano (en realidad se escondió detrás del arco iris). La Pasión y el Deseo en el centro de dos volcanes. Y el Olvido... ¡no me acuerdo dónde se escondió!
Cuando la Locura contaba 999.999, el Amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo lo encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores. ¡Un millón! Contó la Locura y comenzó a buscar.
A la primera que encontró fue la Pereza, que se había escondido sólo a tres pasos de donde estaba contando la Locura. La segunda fue la Curiosidad, que estaba espiando dónde se habían escondido los demás. El Entusiasmo y la Euforia estaban dando saltitos, así que fue fácil encontrarlos, después escuchó a la Fe discutiendo con Dios en el cielo sobre teología, y a la Pasión y al Deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. Tras un descuido encontró a la Envidia y a la Intriga que estaban discutiendo y, claro, pudo deducir donde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió desesperado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas.
De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la Belleza. Con la Duda fue más fácil todavía, la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún en qué lado esconderse. Así fue encontrando a todos: el Talento entre la hierba fresca; la Angustia en una oscura cueva, la Mentira detrás del arco iris (¿pero no estaba en el fondo del océano?); la Generosidad detrás del rayito de sol; a la Alegría la escuchó reír y descubrió su escondite; y hasta el Olvido, quien ya no recordaba que estaba jugando al escondite. Pero el Amor no aparecía por ningún sitio.
La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo, en la cima de las montañas y, cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal. Cogió una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un grito de dolor se escuchó. Las espinas habían herido los ojos del Amor. La Locura no sabía qué hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.
Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la Tierra, el Amor es ciego y la Locura siempre, siempre, le acompaña.

viernes, 25 de abril de 2008

MICRO-CUENTO BÚMERAN

Después de haber disfrutado de la lectura de "Antes del almuerzo" de Ana Mª Moix, nos enfrentamos ahora a Julio Cortázar y su "Continuidad en los parques". Es muy posible que quien los lea encuentre ciertas similitudes entre los dos. Cierto, se asemejan a dos búmeran tirados por manos distintas y que, sin embargo, los dos vuelven a sus dueños.


CONTINUIDAD EN LOS PARQUES

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intromisiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, adsorbido por la sórdida coyuntura de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arrollo de serpientes, y se sentía que todo está decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
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Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
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de "Final de juego", Julio Cortázar 1956

sábado, 12 de abril de 2008

OTRA BROMA DE BUEN GUSTO

Intentar resumir este relato conlleva un resultado siempre insatisfactorio. En realidad, quizá debería decirse que «Antes del almuerzo» es un cuento que no cuenta nada o, al menos, que parece que no cuenta nada y, sin embargo, el texto llama una y otra vez al placer que ofrece. La conclusión de la lectura de estas pocas líneas podría no ser otra que ver «Antes...» como una lección teórica, una excelente y amena lección. Este relato es una representación, y una reflexión, del acto de lectura, por tanto, una reflexión sobre el acto de la escritura. No en vano "escribir" y "leer" son dos instantes de una misma acción. Podría decirse en formulación gramatical que son dos formas temporales de un único verbo de compleja estructura: "escribirleer".
Otro relato que resultará ser una experiencia que nos sumirá en la más absoluta perplejidad.


ANTES DEL ALMUERZO

Me senté en la terraza del hotel y, en espera de la hora de la comida, abrí el libro y empecé a leer.
Así empezaba el libro que me dispuse a leer sentado en la terraza del hotel esperando la hora del almuerzo.
Apenas había leído unas diez páginas cuando el chico uniformado de gris me alargó un sobre que acababan de entregarle para mí. Fue entonces cuando, al levantar la vista del libro, me fijé en la rubia de verde que daba vueltas a mi alrededor. Traté de no fijarme demasiado en ella y abrí de nuevo el libro. Emprendí la lectura justo en el momento que la rubia vestida de verde daba vueltas alrededor del sillón. La rubia se me acercó por detrás y, con poco disimulo, trató de leer en mi libro. No se impaciente -dijo al ver que iba a hablarle-, yo no salgo hasta la página veintiuno. Dese prisa, antes aún han de salir la sirvienta y el banquero. Atónito leí. Dese prisa -decía- debemos hablar. Debí dejar de leer mucho antes. Ya era demasiado tarde. La puerta giratoria empezó a dar vueltas y apareció el banquero. Ya había empezado. Era preciso terminar pronto, que saliera la sirvienta, el banquero y ver qué significaba la comedia de la mujer de verde. Tal vez después de terminar el libro...
Estaba leyendo estas líneas cuando sentí el roce de la mano del botones en el brazo alargándome un sobre.
Ante la rubia de verde, ante sus palabras, me sentí irreal, leído. Intenté decirle que me dejara en paz, que ya sabía que iba a salir en la página veintiuno. Por lo visto no me tocaba decirlo. Tuve que esperar que saliera el banquero y la sirvienta.
Estoy leyendo, sentado en la terraza del hotel, mientras espero la hora de la comida. Ya he empezado el libro. Es inútil intentar dejarlo. Por el espejo, ya veo al chico uniformado que se acerca con un sobre en la mano, una rubia vestida de verde sale del interior del hotel. Sólo falta esperar al banquero y la sirvienta, y si el que lee no cierra el libro sabremos en qué termina todo esto.

Ana Mª Moix
Ese chico pelirrojo a quien veo cada día, 1973